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El sueño conseguido

Actualizado: 18 nov 2025


“Algún día seré como él”, me dije, cuando con apenas ocho años descubrí por primera vez a Andersen en la estantería polvorienta de la biblioteca de mi escuela. Aquel día tomé en mis manos La Sirenita, sin imaginar que sostenía mucho más que un libro: era el hilo invisible que me uniría para siempre al sueño de escribir.Lo abrí con timidez, respiré el perfume viejo del papel, y en silencio me prometí:—Cuando sea grande, mis libros estarán junto a los suyos.


Pasaron cuarenta y tres años. Y un día, en una biblioteca de Estocolmo, el destino cumplió su palabra: allí estaba mi libro Daxxis, colocado justo al lado de La Sirenita de Hans Christian Andersen. Cuando lo vi, las palabras se deshicieron dentro de mí. Las lágrimas me hablaron mejor que la voz: había llegado al otro lado del sueño.



Andersen fue uno de mis primeros amores literarios. Pero lo curioso es que no fue su sirena quien me hechizó, sino su ficha bibliográfica, ese pequeño recuadro que hablaba más que cualquier cuento.Todavía puedo recitarlo de memoria:


“Hans Christian Andersen nació el 2 de abril de 1805 en Odense, Dinamarca. Su familia era tan pobre que, en ocasiones, tuvo que dormir bajo un puente y mendigar. Fue hijo de un zapatero de 22 años, instruido pero enfermizo, y de una lavandera de confesión protestante.”


A los ocho años, aquellas palabras encendieron en mí un torbellino de preguntas imposibles:¿Qué era una lavandera de confesión y por qué protestaba?¿Existían zapateros de 22 años?¿Dónde quedaba Dinamarca, ese lugar tan lejano donde la gente dormía bajo los puentes?

Recuerdo haber pensado que quería ser escritor, sí, pero la idea de vivir bajo el puente de la Lisa —el más cercano a mi casa— no me resultaba muy atractiva. Así que, como buen niño curioso, lo consulté con mi madre.


—Mami, ¿te confiesas cuando lavas? —le pregunté muy serio.Ella soltó una carcajada y me miró con ternura.—¿Quéeee? ¿De dónde sacas eso?—Es que quiero ser escritor, pero no quiero vivir debajo del puente de la Lisa.



Mi madre se rio más fuerte aún y me respondió:—¡Qué cosas tienes! ¿Cómo vamos a vivir debajo de un puente, si en vez de una casa tenemos dos?


Tenía razón. Teníamos dos casas, una junto a la otra, y en el peor de los casos podíamos mudarnos al pasillo, pero jamás al puente. Éramos una familia muy feliz y yo pensando en estropearlo todo con mi obsesión por escribir.



Sin embargo, por si acaso, también lo consulté con mi padre.—Papi, ¿nosotros somos muy pobres? Me miró con curiosidad y sonrió.—¿Y por qué preguntas eso, hijo?—Porque en Dinamarca los escritores viven debajo de los puentes…


Entonces me llevó a comer chiviricos a la friturería del barrio y, mientras me contaba historias, me dijo algo que se quedó tatuado en mi alma:


—Tú serás un gran escritor. Vivirás en una casa muy bonita, cerca de Dinamarca. Entre tu casa y Dinamarca habrá un puente inmenso sobre el mar. Pero no vivirás debajo de él, hijo mío, lo cruzarás para visitar a la Sirenita que te esperará al otro lado.


Su voz fue profética. Vivi en Suecia, en un hogar que ame, y hacia Dinamarca se alza un puente de acero y mar. Lo he cruzado más de una vez, y allí, en Copenhague, me esperaba la Sirenita, tal como mi padre predijo.



Pero había algo en lo que me equivoqué. En Dinamarca no encontré mendigos ni tristeza bajo los puentes. Años después, leí que el Informe Mundial de la Felicidad de las Naciones Unidas la nombraba el país más feliz del planeta, seguida de Suecia, Holanda, Suiza y Noruega. Ironías del destino: el escritor que de niño temía ser pobre bajo un puente, terminó viviendo entre los países más felices del mundo, al otro lado del mismo mar que un día imaginó cruzar.



Estoy seguro de que mi padre estaría orgulloso de saber que su profecía se cumplió. Y sé que mi madre también lo estuvo. Su pequeño Andersen González —como a veces me gusta llamarme— la llevó hasta Suecia, donde pudo ver mis libros en las bibliotecas y sonreír al saber que su hijo cumplió su promesa de niño.



Hoy, miro atrás y doy gracias a Dios por haberme permitido convertir un sueño de infancia en realidad. Escribí doce libros, y los que faltan todavía me aguardan, como sirenas en la distancia, llamándome desde las aguas de la imaginación. Porque al final, los sueños no se cumplen… se escriben. Y cada palabra que nace de uno es una forma de cruzar otro puente.

 




 
 
 

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