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Halloween y el uso equivocado de la calabaza


Esta noche, 31 de octubre, el mundo entero se disfraza para celebrar Halloween —también llamada Noche de Brujas, Noche de Difuntos o Día de Todos los Santos—, un mosaico de creencias paganas que los papas Gregorio III y IV intentaron, hace más de mil doscientos años, revestir con un manto cristiano.  Sin embargo, la raíz del término Halloween floreció mucho después, allá por el siglo XVI, como una variación escocesa de All Hallows' Even, “víspera de Todos los Santos”. 


Hoy la fiesta se traduce en disfraces, hogueras, bromas, historias de miedo, películas de terror y el eterno juego del truco o trato. Es la noche en que la muerte se viste de gala y pasea impune entre risas y selfies, mientras los vivos la celebran sin comprenderla. 

Pero, paradójicamente, cada año Halloween trae consigo tragedias reales, como si la muerte, ofendida por la banalidad con que la invocan, reclamara su lugar. Recuerdo aquel atentado en Nueva York con ocho víctimas; los niños celebraban la fiesta cuando la Parca irrumpió sin máscara.



O el accidente del avión ruso con 224 almas que partió de Egipto y nunca regresó. Y cómo olvidar a las cinco jóvenes españolas que murieron aplastadas en la macrofiesta del Madrid Arena, o aquel joven disfrazado en Suecia que mató a un profesor y a un alumno con un sable, mientras sus compañeros creían presenciar una broma.  La lista podría seguir hasta el amanecer, pero el mensaje se repite: mientras algunos adoran la muerte en plástico y purpurina, otros la conocen de verdad. 

 

Y en el centro de este rito contemporáneo brilla un símbolo ancestral: la calabaza, heredera de una leyenda irlandesa que narra la historia de Jack, un hombre que engañó al diablo y fue condenado a vagar por la eternidad alumbrándose con una brasa dentro de una calabaza hueca. 



Esta semana, como cada año, millones de estas frutas anaranjadas se compran, vacían y decoran. Su luz —dicen— imita las ascuas del infierno para guiar a los difuntos… aunque, en realidad, lo que más alumbra son las cajas registradoras de los supermercados. 

Y mientras tanto, la humanidad olvida que la calabaza no nació para adornar la oscuridad, sino para alimentar la vida. 

 

La calabaza es un tesoro humilde. Su pulpa es tan versátil como el agua que contiene, y sus semillas encierran propiedades que el marketing de Halloween nunca menciona. Puede curar quemaduras, aliviar la fiebre, calmar la migraña, tratar erisipelas o reumas, desinflamar el cuerpo y hasta ayudar al corazón a latir con más fuerza.  Sus antioxidantes combaten el tiempo, sus fibras limpian el cuerpo, su betacaroteno da brillo a la vista y su ácido fólico protege el alma cardíaca del exceso de modernidad.  Y, sin embargo, toneladas de calabazas acabarán la próxima semana en los vertederos del mundo, sin haber cumplido su verdadero propósito. 


 

Recuerdo una escena en Suecia: un compañero de trabajo me vio comprando una calabaza y exclamó con naturalidad:  —Ah, ¿preparas tu fiesta de Halloween?  Le respondí riendo:  —No, hombre, estoy haciendo un potaje de frijoles blancos, tengo invitados.  Me miró sorprendido y dijo:  —Qué raro… ustedes los cubanos, ¿en vez de adornar con la calabaza se la comen?  A lo que añadí:  —Claro, en Cuba la calabaza no espanta, sino que alimenta y sdemás nos ayuda a dormir. 



Me confesó entonces que, en Suecia, la calabaza solo sirve de adorno. Muchos jóvenes ni siquiera saben que se come.  Y pensé: qué ironía. Un alimento con tantas virtudes convertido en símbolo vacío de una muerte teatral.


 

Entre sus componentes se encuentran cumarinas, antioxidantes que neutralizan los radicales libres; licopeno, que previene el cáncer y reduce el colesterol; vitamina A, que fortalece la circulación; ácido fólico, que protege el corazón; y una riqueza en agua que la vuelve ideal para quienes buscan salud y ligereza. La calabaza es medicina disfrazada de alimento. Un milagro cotidiano que la civilización moderna usa para fingir miedo. 


 

Quizás —pienso a veces— podría abrir un negocio que compita con las farmacias y los hospitales:  “La Calabacia”, el templo de la calabaza.  Vendería salud en lugar de pócimas, alimento en lugar de fantasmas.  Tal vez así, por fin, lograríamos reconciliarnos con la vida… y dejar de jugar con la muerte. 



 
 
 

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de Jorge González

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